Después del hundimiento del PASOK griego en el año 2015, la caída del PSOE en España y de las grandes formaciones socialdemócratas en Austria y en Alemania parece evidente  que la socialdemocracia  tiembla en toda Europa

          Ciertamente, la socialdemocracia histórica parece haber muerto y  casi todos sus partidos han experimentado una mutación ideológica al punto que, de gobernar en una gran mayoría de países europeos han pasado a estar en devastadora minoría. Una crisis  observable ya no solo en los fracasos electorales, también en el descenso de militantes de base.

            El éxito de la socialdemocracia europea de antaño fue su identificación con el estado de bienestar, sería la izquierda quien extendería y ejecutaría la idea, aunque ésta no naciera de la izquierda propiamente, sino de la voluntad germana y británica de neutralizar las reivindicaciones de los más desfavorecidos y de un modelo económico basado en la producción para el consumo de masas que, sin duda, se beneficiaba del ostensible crecimiento de las clases medias. Fueron aquellos los años del llamado capitalismo dorado o de posguerra que partía de la premisa de un pacto social entre capital y trabajo de tal manera que, colaborando bajo un mismo sistema, producía un continuado aumento de la productividad que permitiría, a su vez, que fuesen creciendo tanto los beneficios como los salariaos y por ende fuese aumentando la capacidad adquisitiva de la sociedad europea. Naturalmente, con ello se enraizaba la idea de que el crecimiento económico deportaría, indefinidamente, mayores dosis de igualdad y de bienestar común y la clase obrera aceptaba supeditarse al liderazgo burgués a cambio de que se garantizase a todas las clases populares su acceso a los canales de movilidad social en igualdad de oportunidades. Este programa común, sellado con la coalición de clase obrera industrial y clases medias urbanas pudo desarrollarse en toda Europa después de la segunda Guerra Mundial hasta la década de los setenta. Fueron los treinta años gloriosos de la sociedad de la afluencia presidida por el Estado del Bienestar en los que, la coalición socialdemócrata conquistaría el poder al tiempo que desarrollaba, como muy bien apuntó el profesor Enrique Gil Calvo, “mecanismos meritocráticos” que extendieron a todas las clases sociales la escolarización, tanto secundaria como universitaria, además de todo un elenco de derechos sociales: salud, pensiones y servicios universales.

            La década de los setenta es, sin embargo, la que marca el inicio de su declive asociado a la crisis económica internacional tras el choque petrolífero de 1974 y que tuvo como consecuencia la mudanza de un sistema económico keynesiano, afín al ideario socialdemócrata, al modelo monetarista, identificado con planteamientos liberales conservadores y partidarios, como sabemos, del libre mercado. Aún así y tras algunos retrocesos la socialdemocracia consiguió recomponerse adoptando la fórmula de la “Tercera Via”, una especie de economía social de mercado, un punto medio entre liberalismo y social democracia, o lo que es lo mismo, mantener políticas sociales permitiendo, tal y como hizo el partido laborista británico o el SPD alemán, la desregularización bancaria. Pero lo cierto es que después de una década de espejismos, burbujas y cantos de sirena, la cohabitación de capitalismo y socialdemocracia está demostrando ser una falacia. Si la socialdemocracia quiere recuperar la bandera de las transformaciones sociales, ser identificado con el cambio y ofrecer una distancia ideológica clara y contundente frente a otras opciones políticas debe mostrar más audacia, imaginación y sobre todo, mucho coraje para ser capaz de liderar un proyecto socioeconómico identificable con los tradicionales valores humanistas que en su día estuvieron en su base ideológica y al mismo tiempo apropiado para los retos y desafíos del siglo XXI.