Los partidos políticos no funcionan, la ciudadanía no se siente representada por ellos ni los ve permeables a sus propuestas según los datos que arroja un buen número de encuestas y de sondeos. Aún cuando se les llena la boca de promesas de regeneración y escuchamos a muchos de sus miembros entonar el “mea culpa” con frases como: es verdad que los partidos políticos cometen errores, es verdad que se tienen que abrir más, es verdad que tenemos que acercarnos mucho más al ciudadano… a la hora de la verdad ni sus estructuras ni su gobierno interno responden en absoluto a las necesidades de una sociedad moderna, más bien reproducen los viejos y tradicionales vicios de la sociedad española: caciquismo, enchufismo, egoísmo…

Esa falta de respuesta, en mi opinión, tiene mucho que ver con sus estructuras verticales y centralizadas que sin duda contrastan con el nuevo ecosistema social que se expresa en redes horizontales y descentralizadas. Hoy día, el ciudadano no es ajeno a las posibilidades que las nuevas tecnologías les ofrecen a la hora de hacer política de una manera directa e instrumentada. El votante anónimo de ayer es hoy ciudadano activo y presente en una o varias redes sociales con capacidad de decidir y de influir. Tal y como afirma Antoni Gutierrez Rubí, los partidos políticos han perdido el privilegio de la acción política en un contexto en el que están naciendo los movimientos ciudadanos de presión, una categoría social nueva pero que, al igual que en su momento se originaron los actuales partidos o los sindicatos hoy se precisa que éstos se abran a nuevas alianzas críticas y actualizar un pensamiento que no se renueva sin simbiosis. Uno de los mayores expertos en filosofía política, el estadounidense Michael Walzer lo expresaba al decir que, mientras los partidos políticos recogen votos son los movimientos sociales quienes modifican los términos  de esa recogida y es precisamente de esa tensión de la que cabe esperar una mayor revitalización de nuestra vida política.

Es cierto que transformar una organización piramidal en una “organización red” no es sencillo, sin embargo, resulta inaplazable si se quiere reconectar con las formas, los estilos de cambio y los valores de la sociedad de hoy. La red contiene inédita la capacidad de conectar instantáneamente y aproxima aquello que se había separado, representantes y representados. Permite la observación y el control sin necesidad de mediación organizativa. Hay más ideas fuera que dentro de los partidos  y muchas más energías disponibles de las que se utilizan, es cuestión de encontrar el modelo organizativo que favorezca más la creatividad y el debate, acabar con la liturgia y ser capaces de fomentar una política que emocione.

La ciudadanía del siglo XXI quiere opinar y sobre todo quiere ser decisiva, no una vez cada cuatro años sino día a día. Hemos  pasado del examen de final de curso a la evaluación continua o lo que es lo mismo, a una democracia vigilada que debe abrirse paso con la ayuda de las nuevas tecnologías. Impulsar el cambio es más, una cuestión de actitud que de aptitud. Lo decía el escritor británico Lewis Carrol “puedes llegar a cualquier parte, siempre que andes los suficiente”.