Quinientos años han trascurrido desde que Nicolás Maquiavelo escribiese la obra de literatura italiana más difundida en todo el mundo El Príncipe. Famoso tratado de doctrina política escrito en 1513 mientras se encontraba exiliado en Sant’Andrea en Percussina, en la localidad florentina de San Casciano Val de Pesa.
Maquiavelo se retiraba allí tras haber sido encarcelado y condenado a pagar una fuerte suma de dinero acusado de haber participado en la conjura contra los Médicci, liderada por Pierpaolo Boscoli. Un trágico acontecimiento que tuvo lugar el 26 de abril de 1478. El altar mayor de la catedral de Florencia, acogía aquella mañana del quinto domingo después de Pascua a la brillante nobleza local encabezada por el hombre fuerte de la República, Lorenzo de Médici, en el momento culminante de la misa, la consagración del vino, los conjurados sacaron las dagas que ocultaban bajo las capas y se abalanzaron contra la familia del mecenas.
La primera mención a El Príncipe se encuentra en una carta escrita por Maquiavelo desde Sant’Andrea en Percussina a su amigo Francesco Vettori, fechada en Diciembre de 1513. En la misiva Maquiavelo le cuenta a su amigo Francesco Vettori su deseo de dedicar ‘El Príncipe’ a Julio de Medici. Pero tras la muerte de éste, en 1516, finalmente optó por dedicársela a Lorenzo de Medici. En cualquier caso la intención de Maquiavelo era clara: esperaba que el libro le permitiera hacer las paces con los Medici y que éstos le permitieran volver a ejercer el cargo de Secretario de la República de Florencia.
Las cuestiones centrales del libro giran todas en torno al poder. Es un perfecto manual de las técnicas de poder, y de cómo toda acción política debe ser evaluada en función de su capacidad para obtenerlo y mantenerlo, no de su ajuste más o menos cabal a los imperativos de la moralidad. Lo que importa es el éxito a la hora de buscar este objetivo, y aquel condiciona la naturaleza de los medios que sean necesarios para alcanzarlo. Maquiavelo nos ofrece, en efecto, una política exenta de moralina, que diría Nietzsche, y ha pasado a la historia, como el primer realista político. Nadie supo distinguir con tanta nitidez la distancia que se abre entre cómo funciona de hecho la política y cómo nos gustaría que lo hiciera. Su mensaje no puede ser más meridiano, la política siempre es estratégica.
Cinco siglos han trascurrido desde El Principe y sin embargo, resulta extraordinaria la vigencia que continúan teniendo sus principales mensajes. El filósofo Jürgen Haberman sorprendía escribiendo en tono irónico sobre lo que él ha denominado merkiavelismo. El filósofo habla de la Canciller alemana como de una alumna aventajada de Maquiavelo. El pensador en su clásico El príncipe planteaba la pregunta ¿Qué es mejor, ser temido o ser amado? y la contestaba diciendo que: se deben ansiar ambas cosas; pero como resulta difícil aunar ambas, es mucho más seguro ser temido que amado, siempre que solo sea posible una de las dos opciones. Pues bien, este es el principio aplicado por la Canciller alemana: neoliberalismo brutal en lo que a política exterior se refiere y consenso con tintes socialdemócratas de cara al interior; esa es la fórmula de éxito de Merkiavelo.
Otra de las frases del manual, a todas luces la más conocida “El fin justifica los medios”. Asistimos sin duda a momentos en los que casi todo vale con tal de salir de la crisis económica, momentos en los que los presupuestos básicos de la ética pública aparecen hechos jirones hasta tal punto que desde una visión excesivamente pragmática e hiperrealista de la vida, cualquier exceso nos parece justificado. Sin embargo, el hecho de no ser capaces de encontrar aquellos medios que nos permitan no atentar contra lo que deben ser los objetivos fundamentales de la vida democrática equivale a una manifiesta incapacidad por nuestra parte a la hora de trazar la línea de lo intolerable. El fin no debe justificar los medios.