En la conciencia colectiva, los trovadores, a menudo confundidos con los juglares, eran algo así como cantautores con calzas de colores que tañendo una vihuela andaban de un castillo a otro para alegrar las cortes de los señores feudales. Sin embargo, lejos de ser desarrapados correcaminos, los trovadores eran gentes pertenecientes a las clases dominantes, generalmente a la nobleza como fue el caso de Guillermo IX, conde de Poitiers y duque de Aquitania.
Durante los siglos XI y XII surgieron en Francia las llamadas “cortes de amor” y los famosos trovadores deleitaron a su público cantando a eso que conocemos hoy como “el amor cortés”. A ellos, no tardaron en unirse un grupo reducido de mujeres que quisieron seguir los pasos de aquellos poetas y escribir sus propios versos y cuya autoría conocemos a través de Los Cancioneros, que recogen estos poemas provenzales, acompañando las letras con una pequeña reseña sobre quienes fueron sus autores.
Puede decirse, que las trovadoras quisieron plasmar en su obra poética los sentimientos más profundos provocados por un amor sublime. Pero así como la historia ha ensalzado a los trovadores convirtiéndolos en personajes indispensables de la Edad Media más legendaria, las trovadoras desaparecieron de cualquier campo de estudio, historiográfico, literario o musical durante largo tiempo.
Hoy afortunadamente contamos con estudios como el de la profesora del Instituto Cervantes Yolanda Godoy, que nos revelan interesantes aspectos del mundo medieval y sabemos que las obras de las trovadoras como: Doña Beatriz, Condesa de Diá, María de Francia, Azalaís de Porcairagues o María la Balteira quien fue musa de los trovadores castellanos de la corte de Alfonso X el Sabio, conservan el mismo esquema que las de sus colegas masculinos, adaptándolo, no obstante, a la sensibilidad femenina tanto que, a menudo, los versos de las trovadoras nos recuerdan a esas poesías populares en las que una voz de mujer canta al amor y a la inquietud que este provoca.
Las trovadoras cantaban al amor, sí, pero también a la realidad de su tiempo y lo hacían, según expertos literarios, con absoluta pericia técnica y refinado conocimiento de la cultura de su época. Lo cual resulta lógico si consideramos que las jóvenes nobles del medievo, recibían una cuidada educación literaria lo que les permitía, no solo componer poesía, sino también proteger y mantener estrecho contacto con los mejores intelectuales europeos de la época.
Así pues, podemos decir sin ambages, que las trovadoras acabaron formando, por derecho propio, parte de un grupo socio-poético que venía siendo en su origen, exclusivamente masculino. Lo hicieron además, sabiendo dotar como nadie de personalidad propia el contenido de los poemas cantados. Muestra de ello es que, así como en los poemas de las canciones trovadorescas tradicionales el hombre suplica el amor de la dama, en el caso de las mujeres trovadoras encontramos cambiado este esquema y, al contrario del hombre, su “yo” femenino pasa a ser el que reclama al amado la recompensa de su cariño. Algunas incluso, como María de Ventardorn, llegaron a cantar a la igualdad entre hombres y mujeres en el vínculo amoroso, todo un precedente de la igualdad de género, Puede decirse, en esencia, que el trabajo de todas ellas expresaría con magnífica sutileza, la esencia de una nueva forma de relacionarse el hombre y la mujer, un nuevo universo que había nacido en los ambientes nobiliarios de los castillos de Aquitania y poco a poco se iría extendiendo a otros territorios de la Europa occidental.