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El Mediterráneo, mitológico y enorme charco, cuna de civilizaciones, el mar que permitió durante siglos la expansión de cultura, tradición y conocimientos entre África y Europa, hoy parece haberse convertido en un gran cementerio.

El Mediterráneo, mitológico y enorme charco, cuna de civilizaciones, el mar que a través del comercio permitió durante siglos la expansión de cultura, tradición y conocimientos entre los diferentes pueblos de África y de Europa, hoy parece haberse convertido en una inmensa tumba en cuyos fondos se alojan miles de personas que inducidos por el sueño de una vida mejor pierden, sus vidas intentando alcanzar las costas europeas. En expresión del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, el Mediterráneo es hoy “un gran cementerio”.

El desalentador informe de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) nos detalla que desde el año 2000 hasta 2014, es decir en tan solo cuatro años, más de 3.000 personas habrían perdido la vida ahogados en las aguas del Mare Nostrum.

La cifra del informe de la OIM nos puede dar idea de la magnitud que está adquiriendo un problema social y humanitario que Europa no ha sabido hasta ahora afrontar de forma adecuada, ciertamente, el Mediterráneo se está convirtiendo en la mayor tumba de vidas y de esperanzas y así seguirá  mientras continúe siendo tan diferente la situación entre las dos orillas: una próspera y en paz, otra pobre y consumida por las guerras cuya consecuencia es el éxodo.

Si bien es cierto que los acuerdos con Marruecos y Mauritania y la instalación de vallas de espino redujeron los flujos migratorios hacia España, aquello no solo resultó ser una tremenda falta de respeto a la dignidad humana sino que tuvo como consecuencia que se elevara la presión sobre Grecia e Italia. Resulta evidente el hecho de que cuando se consigue sellar un punto de acceso se abre otro en distinto lugar.

No cabe duda de que un problema de esta naturaleza no se resuelve solo con vallas de espino o promoviendo, a lo sumo, recursos económicos para garantizar seguridad en los caminos y mejor eficacia en los rescates, es preciso un cambio de estrategia y la Comisión Europea, aunque parece que ha tomado por fin conciencia de la emergencia y estudia un nuevo modelo de gestión, no puede permitirse que este drama acabe en otra ocasión fallida. El problema es tan grave, tan complejo y tan antiguo, que no es aceptable que los líderes de los Veintiocho sólo hayan sido capaces de consensuar un aumento a nueve millones de euros mensuales y algunos medios adicionales para reforzar las misiones Tritón y Poseidón, encargadas de la vigilancia y el salvamento en las aguas de Italia y Grecia,

A la hora de abordar este drama se necesita mucho más que políticas cosméticas,  se necesitan medidas globales que incluyan estabilidad y crecimiento del empleo en los países del norte de África y del África subsahariana. La U.E debe por tanto volcarse en reforzar la cooperación intracomunitaria y a la vez promover medidas eficaces que estén encaminadas a que las ayudas al desarrollo en estos países incidan de verdad en una mejora de las infraestructuras y en el avance económico.

Pero no solo está vinculada la avalancha migratoria a la pobreza, también son muchos los que vienen a solicitar asilo político en un claro intento de huir de escenarios de guerra y de terrorismo yihadista. Sería muy hipócrita que la U.E no hiciese mayor esfuerzo de acogida de manera que se pudiese, cuanto menos, mitigar la temeridad con la que tanta gente en situación desesperada se lanzan a una muerte segura.