El conocimiento del pasado no garantiza en absoluto la predicción futura pero, sin duda, pude ser una herramienta de primer orden para evitar cometer nuevos errores. El análisis de la I Guerra Mundial, después de que hayan transcurrido cien años desde su estallido da buena muestra de ello.
Ciertamente, si nos situamos en los momentos que precedieron a la guerra, durante los años del cambio de siglo y que conocemos como “la Belle Epoque” una sensación generalizada de pujanza económica, de seguridad política y de expansión de bienestar generalizado serían las notas más características. En el interior de cada uno de los países desarrollados, los progresos científicos y tecnológicos impulsados por la industrialización, iban modificando sensiblemente tanto los mecanismos económicos como el panorama social dominante y las nuevas mentalidades estarían decisivamente fundamentadas en esa optimista y ambiciosa confianza en el progreso. Sin embargo, a lo largo de los años que mediaron entre la guerra franco-prusiana de 1872 y la Gran Guerra de 1914 bajo la aparente armonía descrita que parecía servir de marco general de referencia, los países europeos nunca dejaron de estar expuestos, unos como iniciadores otros como víctimas, a permanentes tensiones y convulsiones.
Tal y como apunta la historiadora Margaret Mcnillan, la I Guerra mundial fue el resultado de “rivalidades económicas, competencia colonial, planificación militar y un sistema de alianzas que dividieron a Europa en las dos últimas décadas del siglo XX”. A lo anterior añade Mcnillan que la tragedia de Europa vista desde hoy, estuvo en que ninguno de los actores clave de 1914 fueron líderes con suficiente grandeza e imaginación, sino que más bien fueron un puñado de dirigentes que no estuvieron en absoluto a la altura de la decisión que habría de tomar en en agosto de 1914.
A lo descrito sumamos que la Gran Guerra como bien sabemos, estuvo fundamentalmente precedida de un profundo sentimiento de humillación y de revancha, sentimientos que estaban en la base de nacionalismos extremos y en ocasiones violentos. Rusia se sentía profundamente humillada por la derrota de 1908 y Francia hacía lo propio por la de 1871 frente a Alemania. Es precisamente en este sentimiento de exaltación patriótica, en el que muchos analistas han observado otra lección que Occidente no parece haber aprendido.
El pasado 16 de abril, durante la intervención en el Parlamento Europeo, el presidente saliente de la Comisión, José Manuel Durâo Barroso, destacaba dos lecciones principales para los europeos sobre la Gran Guerra, Decía Barroso en su alocución que el nacionalismo fue una de las causas principales de aquella contienda fratricida y precisamente la UE hoy nos ofrece los medios para evitar la lógica perversa de esta ideología y a la vez preservar y reforzar las identidades nacionales. Pero para ello sería necesaria “más Europa y menos nacionalismo” . Desde luego, no cabe duda de que un proyecto europeo trasnacional sería la base para solucionar no pocos problemas de los que actualmente tiene Europa.
Otra de las cuestiones que apuntaba el presidente saliente de la Comisión europea es, que si algo puso de manifiesto La Gran Guerra fue la necesidad articular los mecanismos diplomáticos adecuados para impulsar el respeto del derecho internacional y del estado de derecho. Hasta después de la Segunda Guerra Mundial no se establecieron esos mecanismos: instituciones fuertes, independientes, capaces de garantizar la paz y la seguridad de los europeos. Por consiguiente, en la era de la globalización Europa tiene la responsabilidad, más que en ningún otro momento, de reforzar esas mismas instituciones.
Por otra parte, hoy día la tensión “in crescendo” protagonizada por la nueva China y los EEUU; la Europa cada vez más decrépita del siglo XXI y las nuevas potencias emergentes que luchan, como Rusia, por recuperar la influencia que habían perdido durante los últimos veinte años presenta grandes paralelismos con la cadena de acontecimientos que precedieron a la I Guerra Mundial. Muestra de ello es que lo que las potencias vencedoras hicieron con el Sarre, Alsacia y Lorena en los tratados de París no es muy diferente, desde el punto de vista del Kremlin, de lo que la UE y la OTAN han pretendido hacer con Crimea, la principal base naval rusa, y el este de Ucrania en la posguerra fría.
De igual modo, la dinámica de lo que está sucediendo en Ucrania desde enero: movilizaciones secretas, ataques de los que nadie se responsabiliza, alianzas sin objetivos ni compromisos claros, una batalla soterrada por atraer a los neutrales, intensa propaganda, militarización de fronteras, provocaciones diaria acontecimientos éstos que han recordado a los meses previos a la guerra de Bosnia y que tienen un enorme parecido con los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial.
Dice el refrán popular que no hay más ciego que el que no quiere ver. ¡ojo al dato!.