La historiadora norteamericana Bárbara Tuchman denominó a los años que en Europa precedieron a la Primera Guerra Mundial “Torre del Orgullo”, de apariencia brillante, feliz y positiva pero con oscuras y amenazadoras profundidades interiores.
Ciertamente, una Europa satisfecha y podría decirse que voluntariamente ciega ante la verdadera realidad, un mundo que bailaba, sin querer tomar conciencia, encima de un volcán al borde de la erupción. Cuatro décadas largas y pacíficas desde finales del siglo XIX al estallido de la Primera Guerra Mundial, configuran el período de la Belle Époque y al iniciarse el siglo XX, todos los indicadores parecían mostrar sus más positivos resultados y una más que bonancible apariencia de las cosas incitaba a pensar que se vivía un proceso de imparable progreso en todos los órdenes.
Como bien apunta el historiador y periodista José María Solé, durante los años del cambio de siglo, una sensación generalizada de pujanza económica, de seguridad política y de expansión de bienestar generalizado serían las notas más características.
La Revolución Industrial nacida en el siglo XVIII en la pionera Gran Bretaña, había dado el salto al Continente a través de Bélgica y de Francia para pasar a continuación a arraigar profundamente en Alemania. En el interior de cada uno de los países desarrollados, los progresos científicos y tecnológicos impulsados por la industrialización iban modificando sensiblemente tanto los mecanismos económicos como el panorama social dominante. Consecuencia de ello fue que los modos de vida se irían transformando al frenético ritmo de los avances, los bienes de consumo se producían en grandes cantidades y conocerían una difusión hasta entonces nunca vista al punto que, una satisfecha burguesía disfrutaba complacida del placer de su triunfo sobre las viejas estructuras definitivamente erradicadas.
La Europa de 1913 es un mundo dominado ya por la potencia y la velocidad de las locomotoras y los trenes, el hormigón y el acero dominan las construcciones, el teléfono y el telégrafo aproximan todas las distancias posibles y la luz eléctrica disipa todas las oscuridades finiseculares.
Las nuevas mentalidades dominantes estarían decisivamente fundamentadas en esa optimista y ambiciosa confianza en el progreso y todos los niveles sociales, sin duda,se benefician de ello, bien fuese en materia de calidad educativa o en productos de ocio, de manera que, tanto la burguesía como las clases trabajadoras habrían de ver modificados sus usos de existencia.
Puede decirse, que a principios del siglo XX, las estructuras económicas del mundo habían alcanzado su plena madurez y en estos primeros años muestran rasgos que podrían calificarse de “globalizadores”. Por otra parte, los papeles en el orden internacional estaban perfectamente repartidos, las economías de Europa, Estados Unidos y Japón no dudaban en volcarse en la producción industrial de manufacturas que exigían mercados por cuya obtención y control pugnaban entre sí los gobiernos.
Sin embargo, a lo largo de los años que mediaron entre la guerra franco-prusiana de 1872 y la Gran Guerra de 1914 bajo la aparente armonía descrita y que parecía servir de marco general de referencia, los países europeos nunca dejaron de estar expuestos, unos como iniciadores otros como víctimas, a permanentes tensiones y convulsiones. El imparable progreso en todas las áreas no había hecho sino imprimir una falsa sensación de seguridad en la sociedad que parecía estar voluntariamente ciega a las rivalidades entre las grandes potencias y como muy bien relató el escritor Stefan Zweig en sus memorias “El Mundo de Ayer”, la guerra acabaría por destruir irremediablemente todo un universo que había parecido sólido y cargado de futuro.