califato“El Estado Islámico  un proyecto que sabe muy bien cómo usar las nuevas tecnologías, las redes sociales, la comunicación y que conoce a la perfección la psicología de sus seguidores a la vez que demuestra  probada capacidad  para poner patas arriba el tablero internacional, por de pronto, enemigos irreconciliables como son EE.UU e Irán están teniendo que luchar unidos contra el terror aunque esto horrorice y ponga en un brete a Israel”

El 29 de junio de 2014, un individuo conocido como Abu Bakr al Bagdadi se encargó de dirigir la tradicional plegaria del viernes en la gran mezquita de Mosul. Esto sucedía pocos días después de que la segunda ciudad iraquí hubiese caído en manos de las huestes del ejército del ya proclamado Estado Islámico y Abu Bakr se dirigió a los creyentes como si fuera el califa o máxima autoridad  política y religiosa, exigiendo  obediencia y yihad o guerra santa a los musulmanes de todo el mundo.

En aquellos días, el mundo occidental asistió espeluznado a la exhibición en video de las mezquinas costumbres de quien se había autoproclamado sumo jerarca musulmán. Desde entonces, asistimos impávidos a un horror sin precedentes, a una desenfrenada carrera de crueles exhibiciones: decapitaciones, ejecuciones sumarias, vejaciones a mujeres que las inducen incluso al suicidio colectivo, amputaciones e incineraciones, que tienen como víctimas a prisioneros de guerra, a periodistas, a cooperantes o asimples trabajadores, apresados y asesinados por el solo hecho de ser cristianos coptos.

El Estado Islámico, conocido también como Daesh, no es un grupo terrorista como Al-Quaeda, aunque comparta sin duda el “terror” como modus operandi. El E.I  es un proyecto político para cuya ejecución se emplea sin ambages el terrorismo más sangriento y entre sus objetivos está el construir una sociedad regida por la Sharía o Ley islámica más estricta, siguiendo el modelo salafista y para ello no dudará en arrumbar a los regímenes árabes, en expulsar a todo occidental, en eliminar minorías religiosas consideradas heréticas o politeístas como son: cristianos, judíos, chiíes y yazidíes y sobretodo, en hacer lo imposible por borrar la frontera que separa Siria de Irak.

Lo cierto es que desde aquel pasado mes de junio al que nos hemos referido, el avance del Estado Islámico ha resultado imparable y en apenas un año han logrado conquistar en Siria e Iraq un territorio mayor incluso que el del Reino Unido, verdaderamente una proeza que supera con creces lo que hubiese siquiera imaginado una organización como Al-Quaeda.

Ciertamente, el E.I supone una auténtica y desconocida amenaza y más aún si consideramos que sus fuerzas están integradas, en su mayor parte, por jóvenes fanáticos que son capaces de arrasar en el campo de batalla y a la vez moverse como pez en el agua en las redes sociales conquistando a musulmanes de todo el mundo con una sola idea: la recuperación del califato perdió. Lo más inquietante es que no sea, aunque lo parezca, un proyecto religioso, sino un proyecto político de connotaciones muy nacionalistas que ambiciona llevar a la praxis la gran utopía política suní, rescatar el Califato y en el que la religión es, por ende, la idea que lo cohesiona. Un peligro que parece a todas luces convertirse en amenaza real al alejarse, tal y como apunta Loretta Napoleoni en su trabajo “El phenix islámico”, del Afganistan medieval de los talibanes en aras de un proyecto mucho más moderno, un proyecto que sabe muy bien cómo usar las nuevas tecnologías, las redes sociales, la comunicación y que conoce a la perfección la psicología de sus seguidores a la vez que demuestra  probada capacidad  para poner patas arriba el tablero internacional, por de pronto, enemigos irreconciliables como son EE.UU e Irán están teniendo que luchar unidos contra el terror aunque esto horrorice y ponga en un brete a Israel. No cabe duda que el E.I nos ha colocado en  una guerra complicada, en la que no se sabe bien quien es amigo y quien enemigo y ello en un mundo que  es cada vez más multipolar y en el que los estados apoyan a unas u otras facciones en conflicto según sus propios intereses.