Desde hace tiempo, los barómetros del CIS demuestran que a los españoles les preocupa casi tanto la calidad democrática de vida como el nivel económico. Si los dos primeros lugares del rankingde problemas percibidos, están ocupados por el paro y la crisis, el tercer rango lo ocupa “la clase política”. Pero tampoco en esto es España ninguna excepción. En realidad, por todo Occidente predomina la misma visión negativa sobre el estado de salud de nuestras democracias.

Ciertamente la realidad de nuestras democracias deja mucho que desear, y no somos pocos los ciudadanos que observamos con amarga frustración las expectativas que, sin duda, nos creemos con derecho a abrigar dada la dificultad que se tiene para ejercer los propios derechos. A ello hemos de sumar el preocupante incremento de las violaciones de la legalidad, delitos de cuello blanco tantas veces facilitados por la tolerancia o el encubrimiento de la clase política: clientelismo, corrupción, fraudes, evasión de impuestos y capitales, economía negra o sumergida…

Curiosamente, en el siglo XIX, el satirista  francés, abogado y crítico pertinaz de la realidad de su tiempo, Maurice Joly, escribía los Diálogos en el infierno de Maquiavelo y Montesquieu, una escalofriante conversación imaginaria entre Montesquieu y Maquiavelo, en el que los dos filósofos debaten la realidad del estado autoritario moderno y la corrupción de la democracia liberal. En un mundo “Maquiavelizado”, Montesquieu, se queda sin habla al descubrir que el aliado numero uno de su interlocutor ya no es la “astucia escrupulosa” del Principe Modelo, sino la apatía política del pueblo. En esencia, el texto se revela como un auténtico manual para entender la manera de acabar con la democracia desde dentro del Estado. El relato describe, de manera ficticia, un poder que utiliza el engaño y la manipulación de la opinión pública a través de la prensa, politiza el papel económico de Estado a través de la Banca, crea alarma social y sitúa diputados “incondicionales” de forma estratégica.

La obra de Joly, pese a haber sido escrita en 1862, nos ofrece sin duda una visión plenamente actual de despotismo moderno encaminado a transformar un régimen democrático en totalitario. Estamos asistiendo a unos momentos en los que se están produciendo cambios como si de una agenda se tratara: se nos fabrica la crisis, entre cuyas consecuencias están : el desempleo, los recortes sociales que merman la calidad de vida de un amplio sector de la sociedad yel incremento de la pobreza; las Instituciones democráticas ven su poder desarticulado y doblegado las más de las veces a la rapacidad oportunista del homo economicus; los medios de comunicación abusan sin pudor del marketing mediático y se utiliza, con la mayor naturalidad del mundo, un lenguaje elaborado y pensado para hacer que las mentiras suenen como verdades. Una especie de estafa léxica utilizada desde el poder para desdibujar o disfrazar una realidad incómoda.

Sabemos que el neoliberalismo representa los intereses de la fracción más rica del planeta, concentrada en las finanzas a escala mundial, sin apegos nacionalistas, esta élite autoritaria y totalitaria, considera necesario instalar un ideario social que recupere la visión individualista de la vida, perdida como consecuencia de sistemas educativos socialmente inclusivos y con enfoques epistemológicos abiertos, que han estado anteponiendo la sociedad al individualismo darwiniano, modelo que, como bien sabemos. facilita sin ambages la mercantilización de todo, incluida la de la vida humana.. Pero también sabemos que diagnosticar acertadamente la enfermedad dista mucho de hallarle remedio, hay que salir de la apatía porque se necesitan actuaciones, no vaya a ser que, como decía en su poema Bertolt Brecht “…Ahora se me llevan a me y ya es demasiado tarde”.