Estamos asistiendo a un nuevo infierno en Irak que tiene su origen en el envío del ejército por parte el primer ministro, Nuri Al-Maliki, de extrema derecha y de fe chiita, a Faluya y Ramadi para aplastar las protestas de los vecinos sunitas que llevan dos años reclamando no ser tratados como “aquellos camellos que transportan oro pero comen hierbajos”. Ellos, al igual que el resto de la población, son excluidos del reparto de la renta de los 2.081 millones de barriles de petróleo diarios y es que, según afirma la organización Transparencia Internacional, la élite gobernante saca del país 800 millones de dólares a la semana mientras miles de mujeres se ven obligadas a mendigar o a prostituirse para alimentar a su familia, incluso venden a sus hijos por miseria, al punto que, niños desnutridos abandonan el colegio para ser explotados.
Ciertamente, los avances de los yihadistas en Irak han reabierto un doble debate en Washington, primero, sobre la responsabilidad del ex presidente Bush en el actual caos, argumentando que el derrocamiento de Sadam Hussein abrió un polvorín que nadie ha sabido cerrar y segundo, sobre la responsabilidad del actual presidente Obama de retirar, en contra de lo aconsejado por el Pentágono, todas las tropas norteamericanas en 2011.
Los neoconservadores, intelectuales y políticos que articularon los argumentos más incisivos para la invasión de Irak, no han perdido ocasión de salir del armario en el que parecían olvidados sacando pecho y buscando librarse del viejo estribillo de que se equivocaron en todo.
En 2003, aquellos a los que la prensa llamó “vulcanos”, Dick Cheney y Paul Wolfowitz entre ellos, aseguraban que las tropas norteamericanas serían recibidas como auténticos “libertadores”, hoy el clamor de la derecha por la segunda oleada de marines resulta asfixiante. A ello además, se suman antiguos protagonistas del conflicto como el ex premier británico Tony Blair quien reivindica el derrocamiento de Sadam Hussein.
El presidente Obama por su parte, reacciona con la mayor pulcritud argumentando que ISIS, la banda terrorista suní, debe ser contenida y derrotada.
Alejándonos de interpretaciones simplistas del conflicto, lo cierto es que la instalación de un régimen sectario en Irak desde el año 2003 y el haberle diseñado un ejército basado en unidades étnico-religiosas, ha conseguido su objetivo: mantener el caldo de cultivo de la tensión y la división entre la población, dando así la posibilidad a EE.UU de poder intervenir en cualquier momento y bajo cualquier pretexto. Desde luego , el pretexto terrorista esgrimido por el presidente Obama, más que difícil es imposible si consideramos que, en el mundo de la posguerra fría y sobre todo con la actual tecnología capaz de localizar una mosca con zapatos azules por el globo, puedan existir grupos guerrilleros o terroristas que operen más allá de sus países de origen, a lo que hemos de sumar el hecho de que EEUU, antes de retirar parte de sus tropas en 2011, dejó allí a decenas de miles de efectivos como agentes de la CIA, mercenarios, contratistas, asesores, consejeros militares, empresarios, y agentes de seguridad iraquíes, previamente entrenados por el Pentágono. Difícil resulta pues, comprender cómo de repente aparece un tal Abu Bakr al Baghdadi, el Bin Laden iraquí como jefe de Daesh. Decía el general Ivashov sobre Al Qaeda y los atentados del 11-S, que “el terrorismo internacional no existe”, sino que lo que hay es un terrorismo manipulado por las grandes potencias que sin ellas no existiría”.
Lo cierto es que, si algo sabemos de esta nueva guerra es que favorece la economía de EE.UU. En primer lugar, porque mientras se desvanece la ilusión de que Irak aumente su producción de petróleo de los 3 millones de barriles por día actuales a 12 millones en 2017, los especuladores hacen su agosto, hoy el precio del barril ya aumentado de 110 a 113 dólares y se prevé que pueda alcanzar los 150. A ello hemos de añadir que el conflicto destruye a los potenciales competidores de EE.UU y que una nueva amenaza terrorista volvería a ser un potencial negocio para los vendedores de armas, empresas de seguridad… cuanto peor se comporten “los malos”, mayores beneficios obtienen los “salvadores de la humanidad”.
Entre tanto, un millón de niños, ancianos, enfermos, mutilados, desesperados ciudadanos iraquíes han huido y abandonado sus hogares yendo hacia ninguna parte, en una tierra maldita por el petróleo.