Cuando escuchamos en las noticias hablar de Gaza pocas veces se menciona que apenas representa el dos por ciento de Palestina. Es en efecto, una fracción tan pequeña del país que jamás ha existido como región autónoma del pasado. Gaza no tuvo una historia previa de sionización de Palestina y ha estado siempre conectada administrativa y políticamente al resto de la región. Hasta 1948, fue una parte integrada en el resto del país como una de las principales puertas de acceso terrestre y marítimo al resto del mundo, desarrolló un estilo de vida flexible y cosmopolita, semejante a otras al de otras comarcas costeras del Mediterráneo oriental. Gaza, cercana al mar y atravesada por la Via Maris que conectaba Egipto con el Líbano, alcanzó la prosperidad y la estabilidad gracias a su emplazamiento hasta que Israel trastornó y casi destruyó su forma de vida durante la “limpieza étnica de Palestina” en 1948, momento en que se convirtió a Gaza en un enorme campo de refugiados controlado por el puño de hierro de los gobiernos de Israel y de Egipto.
Los acuerdos de Oslo permitieron que tanto Cisjordania como la franja de Gaza quedasen bajo la autoridad de Palestina, pero todo movimiento de personas entre ambas regiones dependería de la buena voluntad de Israel. Además, Israel mantendría su poder, como lo hace hoy, en las infraestructuras de agua y de electricidad. A partir de 1993 comenzó a abusar de ese control; por un lado, para garantizar el bienestar de la comunidad judía y por otro, como chantaje a la población palestina instada a rendirse al punto que, durante los últimos sesenta años Gaza ha sido campo de prisioneros en un espacio invisible.
En este contexto histórico hemos de enmarcar la violencia desatada desde Enero del 2009, violencia que no ha sido generada únicamente por Israel, ciertamente, durante un espacio de tiempo se dieron numerosos combates entre palestinos, aunque hay que decir que dadas las circunstancias, la naturaleza de la ocupación y las políticas israelíes, dichos enfrentamientos eran de esperar.
En el año 2005, respecto a la franja de Gaza se iniciaba por parte de Israel, un proceso de “militarización de la política”, el pretexto esgrimido fue el creciente poder de grupos islámicos como Hamás, sin embargo, el objetivo tal y como lo definió el informador de la ONU John Dugard era “construir una cárcel y tirar las llaves al mar”. El ascenso de Hamás al poder dio alas a Israel para imponer un bloqueo económico en la franja de consecuencias devastadoras para la población y al que Hamás respondió lanzando cohetes contra la ciudad más cercana, Sderot, cuestión que daba a Israel la excusa idónea para, sin más miramientos, utilizar fuerza aérea, artillería y embarcaciones de guerra. Se iniciaba además un modus operandi que estaría avalado por al menos parte de la población civil judía y permitido por la pasividad de la comunidad internacional. Este tipo de acciones se han estado repitiendo e intensificando tal y como se comprueba en estos últimos días. La naturaleza de todo este horror no es otra, por muchos pretextos que se argumenten, que la exhibición de fuerza de Israel y como dijo el ex comandante en jefe Moshe Ya’alon : “la necesidad de grabar a fuego en la conciencia de los palestinos el temible poder del ejército israelí”.