El movimiento ilustrado surgió en la Europa del siglo XVIII como una forma de entender el mundo, la existencia y la sociedad, que no derivaba de los textos sagrados ni de la “tradición” sino que quería constituirse como alternativa a éstos. La Ilustración reclamaba un nuevo orden político e invocaba a la razón como instrumento apropiado para tal transformación. Los ilustrados españoles creían en la utilidad de la ciencia y de la cultura y entendían que una minoría, a través de leyes razonables y proyectos oportunos, sería capaz de cambiar a la sociedad. La búsqueda de la verdad mediante la negación de todo apriorismo, la destrucción de prejuicios, el desprecio de la tradición como único argumento de autoridad y el cuestionamiento de la teología como guía en asuntos terrenales, les sirvieron para luchar contra los privilegios e invocar la igualdad del género humano a la vez que rechazaban a la sociedad estamental del Antiguo Régimen.
No obstante, sobre este nuevo orden de valores la filósofa Celia Amorós, en una lectura del fenómeno ilustrado desde el feminismo, señala que buena parte de los teóricos ilustrados trampearon la universalidad de sus propios postulados para excluir de la igualdad a la mitad de la humanidad. Por otra parte, no nos han faltado referencias como la de la escritora Carmen Martin Gaite “Usos amorosos del XVIII en España” publicada en la década de los ochenta en la que se ofrece la percepción de la realidad que tenían algunos de sus contemporáneos, en su mayoría moralistas, que hacían hincapié en sus descripciones en cuestiones como: la mayor libertad en las relaciones sexuales, la frivolidad femenina o la aceptación del cortejo que encaminaba al adulterio. En esencia, hábitos extranjeros que habían acabado por convertir a la mujer en esclava de la moda, aficionada al lujo, descarada en su trato hacia el sexo opuesto. Estas aportaciones fueron asumidas y repetidas hasta la saciedad sin tener en cuenta que las fuentes que la autora manejaba eran literarias y no habían sido aparentemente contrastadas con ninguna otra documentación más amplia. De creer tales ideas se podría inferir que en la sociedad española durante la segunda mitad del dieciocho se habría poco menos que instalado en una peligrosa revolución sexual, una Sodoma en la que las mujeres habían tenido un decidido protagonismo.
No obstante son muchos los autores que subrayan las profundas transformaciones que se produjeron al compás del pensamiento ilustrado y con todas las reservas, hay razones para afirmar que, Ilustración y feminismo nacieron juntos a pesar de su relación ambigua e incluso en ocasiones encontrada.
En primer lugar, cabe señalar que, en una sociedad que propiciaba las relaciones entre mujeres y hombres no faltaron voces como la de fray Benito Jerónimo Feijoo, que durante la primera mitad del siglo XVIII avivaron el debate de los sexos y defendieron la igualdad intelectual entre los mismo sin pretender con ello un nuevo orden social. Este autor, al declarar en su discurso sobre la Defensa de la mujer que: “el alma no es varón ni hembra” y que por tanto, no había diferencia entre el intelecto de mujeres y hombres, dejaba el camino abierto a la reivindicación de la educación para las mujeres y fue mediante la educación como ellas pudieron ir ocupando espacios que hasta esos momentos históricos, sólo de forma excepcional, les habían sido permitidos.
Hoy día, nadie duda de que esos cambios se produjeron, que notables mujeres adquirieron notoriedad dejando oír su voz o tomando la pluma, que algunas buscaron su inserción en los nuevos escenarios sociales, creando espacios mixtos desde la perspectiva de género. Una sociabilidad basada en el florecimiento de tertulias, auténtico laboratorio social en el que la conversación se elevaba a la categoría de arte y en las que un determinado sector femenino estuvo presente; unas reunidas en ambientes domésticos más o menos privadas como la que congregaba Olavide en los Reales Alcázares en las que participaban diversas mujeres, entre ellas su hermanastra. O el caso de la duquesa de Osuna o la Marquesa de Fuerte Híjar en cuyos salones prevalecía el interés por el teatro, la literatura o la música. También la Condesa de Montijo solía recibir a magistrados, políticos o altos funcionarios y las conversaciones giraban en torno a temas polémicos relacionados con la situación del país. Otras en cambio, traspasaron el ámbito privado hasta llega a lo púbico formando parte de algunas sociedades culturales de la época.
Es cierto que hubo una oposición radical a la presencia femenina en las Sociedades Económicas de Amigos del País, uno de los espacios más politizados, sin embargo, el arduo debate generado al respecto concluyó aceptando la incorporación de trece mujeres, dando origen a la Junta de Damas de Honor y Mérito cuyas actividades y logros pusieron de manifiesto su responsabilidad y compromiso social.
Igualmente hay que decir que, junto con la prensa, el teatro y los paseos jugaron un papel menos conmensurable que los salones, pero no por ello menor, ya que frente a aquéllos tuvieron la virtud de convocar a mujeres y hombres de diferentes grupos sociales. Estos espacios, formales o informales en los que participaban una minúscula élite femenina no afectaron a las relaciones de género que la sociedad patriarcal había normado desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, no cabe duda de que constituyeron un auténtico hito en un camino largo que las mujeres se han visto obligadas a recorrer en busca de la igualdad.