El Estado-Nación parece que cada vez cuenta con menos adeptos, se le está empezando a ver como una construcción arcaica que choca con la realidad del siglo XXI. Ciertamente, estamos asistiendo a un proceso en el que los Estados soberanos parecen retroceder para dar paso a un nuevo orden que promovido por las fuerzas económicas y sociales emergentes, tiene o pretende tener como corolario la descomposición del Estado.

El proceso de globalización, tal como lo estamos presenciando, encubre una serie de cambios radicales en las esferas económica, social y cultural. En la primera, qué duda cabe, estamos asistiendo a una transformación radical del espacio económico que viene inducida por la internacionalización del capital, lo que conlleva a que no pocos economistas de corte neoclásico, vean en las fronteras nacionales un estorbo, un obstáculo que puede y debe ser eliminado dado que el mundo está cada vez más interconectado por medio del comercio y los avances en las telecomunicaciones. El ataque de este sector de economistas al Estado-Nación, se fundamenta en que es en sí mismo la fuente de muchos de los costes de transacción que impiden una integración económica completa.

El segundo cambio de este proceso globalizador es el arrumbamiento generalizado de las clases medias y la destrucción sistemática del estado del bienestar en un buen número de países así como la persistencia de la miseria en amplias partes del mundo, hecho que contrasta con la concentración creciente de riqueza y de poder instalados al otro extremo de la pirámide social. Graves problemas sociales a los que el Estado se muestra incapaz de dar respuestas que sean suficientemente satisfactorias a las necesidades e inquietudes del ciudadano, se revela en esencia, inerme a la hora de solucionar en clave nacional problemas que son, sin duda, globales. Se observa pues, un retroceso del Estado tanto en efectividad como en legitimidad, puesto que se socavan las bases del contrato sobre el cual se habían formado el Estado-nación. Ello explicaría, en parte, el resurgimiento de los peculiarismos locales y movimientos autonomistas, la exaltación quasi instintiva de raíces culturales y de solidaridad en el ámbito de algunas colectividades que se sienten amenazadas por modelos destructivos de la identidad cultural que vienen imponiendo una cultura uniforme y mercantil.

Es cierto que el Estado-nación, aún desbordado por las realidades descritas se resiste a desaparecer y aún hoy, sigue siendo el principal determinante de la distribución global de la renta, el ámbito de referencia de las instituciones de apoyo a los mercados y el principal depositario de los vínculos y compromisos personales. Pero los problemas están, y los desequilibrios que genera la globalización deben corregirse y ésto, solo puede hacerse, tal y como apunta el economista Dani Rodrik, de dos maneras: o bien llevando la gobernanza más allá del Estado-nación o bien restringiendo el alcance de los mercados.

En mi opinión, la globalización debería servir como instrumento para la consecución de los fines de cada sociedad, esto es: prosperidad, estabilidad, libertad y calidad de vida, pero si dejamos la gobernanza en manos de tecnócratas o de organismos internacionales, incurriremos en la peor solución y en el peor de los escenarios, toda vez que los acuerdos internacionales pueden hacer aportaciones importantes, pero su misión debería ser forzar los procesos democráticos nacionales, no sustituirlos. La cuestión no es baladí. Se necesita un profundo debate, no implicarnos en la tarea sería tanto como desatender los males hasta ahora no resueltos de la globalización lo que conllevaría, consecuentemente, la pérdida de salud de nuestras democracias.

María D. Perales Poveda

Licenciada en Historia